Adam Wirenne. Capítulo 2.


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Desapareció entre la niebla, dejándome allí tirado, agotado, sin fuerzas. Quise levantarme y regresar al bar, pero mi cuerpo no obedecía mis demandas. Mientras la humedad del ambiente empapaba mi ropa y mi cabello, yo apenas podía respirar. Coger aire y expulsarlo se convirtió en una acción consciente en la que tenía que concentrar mis fuerzas. Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Expirar. Expirar. Expirar.

Desperté empapado y desorientado, pero con una motivación que jamás antes había experimentado. Reorganicé las escasas fuerzas que me quedaban para subsistir en aquel incipiente amanecer, para llenar el vacío de mi interior. En mi vida había sentido tal desazón, tal ansiedad, tanto temor… Sino llenaba aquel vacío algo terrible me ocurriría.
El hedor de un muchacho que se acercaba me hizo levantarme de un salto. En cuanto dio un paso hacia el callejón me abalancé sobre él, desesperado por llenar el vacío. Necesitaba la ayuda de otro ser humano para poder reponerme.
De algún modo, mi cuerpo supo lo que debía hacer. Era yo quién obedecía las demandas de mi biología en lugar de dominarla con mi mente racional. Sacié mi vacío con su sangre. Llené mi ansia a mordiscos desgarradores. Alimenté al monstruo en el que me había convertido hasta absorber la última gota de vida que ese joven, de ojos vidriosos, poseía hasta adentrarse en el callejón.
Me limpié con su ropa y adecenté mi imagen cuanto me fue posible. Su gorra me ayudaría a pasar desapercibido ante el resto de hombres, mujeres y niños que ya caminaban hacia las diferentes industrias en las que, personas como yo, les explotábamos a cambio de un colchón más cómodo.
Siempre había sido un monstruo. Mentiría si reconociera haber sentido lástima por aquellos niños que convertían en tejido mis barcos de algodón, los hombres que manejaban la peligrosa maquinaria o las mujeres que elaboraban caras toneladas de tela de la que solo yo me beneficiaba. Del mismo modo, mentiría si reconociera haber sentido lástima por ese muchacho.
En ocasiones, uno debe hacer lo necesario para sobrevivir y yo nunca había tenido reparos en escalar montañas de cadáveres para alcanzar el sol más candente. Me gustaría decir que ese día fue diferente, pero haciendo honor a la verdad, no puedo.

No hubo un antes y un después en la necesidad de sangre. Solo un cambio de hábito. Una adaptación más hacia la supervivencia. 

Adam Wirenne. Capítulo 1.


Via

Empezó con un beso.
Uno que no supe rechazar.
Ella danzaba a mi alrededor como una serpiente, estrechando cada vez más la circunferencia invisible con la que me asfixiaba.
No me importó. No necesitaba más oxígeno que el entremezclado con su aroma.
Ella me acercó la pipa y, al contrario que en otras ocasiones, el opio no me nubló el juicio. Nunca había sido tan consciente de lo que estaba a punto de ocurrir.
Se acercó aun más y apresó mis labios. Su beso era fuerte, tan ansioso que dejamos de bailar para concentrarnos. Me  apretó la cara con sus manos y me dio un mordisco. Una gota de sangre resbaló por mi barbilla y la enjugó de un lengüetazo. Aquel gesto me encendió de tal forma que habría consumado mi ansia allí mismo, sin importarme el gentío que nos rodeaba. Pero ella se alejó entre risas y miradas sugerentes a la espera de que siguiera sus pasos.
Lo hice. Avancé como un asno tras una zanahoria, esquivando a las personas que bailaban, las mesas de juego y las nubes de humo adormecedor.
Cruzó el umbral de una posada para atravesarla y escapar por la puerta trasera. De vez en cuando, miraba hacia atrás para enloquecerme con sus ojos colmados de deseo, viciosos, hambrientos.
Al alcanzar un solitario callejón, aminoró la marcha. Bajó uno de sus tirantes, dejando un hombro al descubierto, y el otro resbaló. Sus pechos rebosaban aquel jugoso escote que clamaba por mi atención. Avanzó hasta resguardarse bajo un puente de piedra mientras se levantaba las enaguas y me mostraba el apetitoso camino a seguir.
La acorralé contra el muro de piedra y saboreé, con una brutalidad impropia de mí, la piel que encontraba a mi alcance mientras ella liberaba la presión de mis pantalones. Clavó sus dientes en mi cuello sin derramar más sangre de la que me devolvió entre besos.  
Con una de sus afiladas uñas rajó su labio inferior y pintó mi boca con su lengua. Antes de que me diera cuenta, el calor, el éxtasis y el dolor se entremezclaron en un baile de placer desconocido para mí hasta entonces.
Saqué la cartera. No me importaba pagar. Las reuniones de negocios que se iniciaban en casas de juegos solía terminarlas en rincones oscuros y sin blanca.
—Guárdate eso, encanto.
—Cógelo —dije agitando el consistente fajo de libras—. Querré repetir. Esto hará que te acuerdes de mí.
—¿Repetir? —soltó una carcajada al tiempo que se arreglaba el pelo—. En unas horas desearás estar muerto.
Agotado, apoyé la espalda sobre el muro y resbalé hasta quedar sentado en un charco. El efecto de opio se hizo con mis sentidos y poco me importaba más que dejarme llevar hacia el mar de calma al que me arrastraba.
Ella se acuclilló a mi lado para acariciarme el rostro con su aliento.
—Siento haberte hecho esto, dulzura —susurró—. No he podido resistirme.

La historia de Adam Wirenne

Cada vez queda menos para que Orquídea Blanca II, el segundo y último volumen, esté en tus manos. Pero, para que se vaya haciendo más dulce la espera, la historia de Adam Wirenne alumbrará, semana a semana, el camino.

Pensándolo mejor, no sé si dulce es la mejor palabra para describir una realidad de batallas, sangre y heridas abiertas. Es tu elección seguirlo y descubrir lo que el pasado de Memento Mori esconde.

Orquidea Blanca
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Memento Mori es una expresión latina para recordar la mortalidad humana (recuerda que morirás). A pesar de tener en común con la expresión Carpe Diem lo efímero de la vida, Memento Mori hace referencia a las limitaciones de un ser mundano. Una toma de conciencia sobre las limitaciones de la naturaleza humana que no pretende empujarte al disfrute, sino a tener los pies sobre la tierra. No sentirse más importante que nadie, por muy poderoso que se llegue a ser, no actuar por encima de las leyes o de los dioses.


Cada domingo, con el primer café, Adam Wirenne te espera.